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Fotografía del carguero Winnipeg

A 80 años de la llegada del Winnipeg a Chile

Era el 26 de Mayo de 1939, y en  el puerto de Arica recalaba la embarcación  Winnipeg, con un cargamento de 2.201 refugiados españoles. La noche del 2 de septiembre atracaba en Valparaíso, y recién en la mañana del día siguiente, los pasajeros pudieron descender. 

En tierra los esperaba una multitud fervorosa, un recibimiento tan caluroso como alegre. Entre la muchedumbre, se encontraban las autoridades de la época, integrantes del Gobierno del Frente Popular,  destacaban el poeta Pablo Neruda y el ministro de salud, Salvador Allende. Para agradecer la generosidad de Chile y, en especial, la del Presidente Pedro Aguirre Cerda, los inmigrantes colgaron del barco un gran telón con el rostro de Aguirre Cerda pintado sobre él. 

Algunos españoles ya había descendido en Arica, otros se quedaron en Valparaíso, varios abordaron un tren que los llevaría directamente a  Argentina, y la gran mayoría viajó a Santiago, según cuenta el pintor José Balmes: “...El tren nos llevó pronto a Santiago, y al paso lento de las estaciones, gente que no conocíamos, nos entregaban rosas y claveles. Al anochecer, miles de hombres y mujeres nos esperaban en la estación Mapocho, en medio de una multitud de cantos y banderas. Era el comienzo de un exilio distinto...

La travesía del Winnipeg se había iniciado mucho antes. Como consecuencia de la cruenta guerra civil española, más de 500 mil republicanos debieron escapar de España, huyendo del hambre, la cárcel y los fusilamientos, terminando en campos de concentración franceses y del norte de África, en las más precarias condiciones y con la amenaza de una nueva guerra mundial. La situación era insostenible hacia el final de la guerra civil.

Pablo Neruda, que  había sido cónsul en Barcelona y Madrid, estaba muy afectado por la situación de los miles de refugiados, y convenció al Gobierno de Chile  que los acogiera, así, es nombrado por el Presidente Aguirre Cerda cónsul para la inmigración española en París. Para Pablo Neruda, esta empresa era un pacto de amor, un acto de pasión  con España, con su pueblo, con sus amigas y amigos entrañables como el poeta García Lorca, muertos o perseguidos por el gobierno de Francisco Franco. 

El poeta, con tesón y apoyo incondicional de su esposa de entonces,  Delia del Carril, reunió aportes solidarios en Argentina y Uruguay, gestionó visas y certificados médicos, seleccionó pasajeros y respetó la petición del gobierno de traer trabajadores y profesionales que aportaran a un Chile en crecimiento, y que  había sufrido uno de los mayores terremotos de su historia unos meses antes. Finalmente, consigue que el carguero Winnipeg embarque a más de 2.000 hombres, mujeres y niños españoles, todas y todos en busca de una tierra donde comenzar de nuevo. 

Zarpan la mañana del 4 de agosto de 1939 desde Pauillac, Francia, rumbo a Valparaíso. El viaje duró un mes, y los últimos días de navegación se hicieron  cerca de la costa y a oscuras, por temor a sufrir atentados de submarinos alemanes, dado  la arremetida bélica emprendida por Hitler en plena travesía del Winnipeg. Era tanta la incertidumbre, que el capitán del navío, Gabriel Poupin, tramó el regreso a Francia, lo que fue impedido por  una delegación de los refugiados, que lo enfrentaron con la sugerente idea de que “usted se podría caer al mar, y nosotros podemos llevar el barco a Valparaíso”.

Se cuenta que antes del viaje, el Winnipeg  había sido usado como set para una película francesa, y que durante la navegación nacieron tres niños, uno de los cuales murió. Un republicano que llegó en el barco decía: ‘tierra es tierra en todas partes, pero patria es libertad'”, señala Jaime Ferrer Mir, en el libro “El Barco de la Esperanza”.

La llegada del Winnipeg fue fundamental para el desarrollo de Chile, los refugiados aportaron el el campo de la ciencia, arte, historia, educación y cultura. 

Tres de sus pasajeros recibieron  el Premio Nacional: José Balmes y Roser Bru en arte y Leopoldo Castedo en historia. El hijo de dos refugiados, el astrónomo José Maza, fue galardonado en ciencias.

Otro destacado fue Víctor Pey,  copropietario de una empresa de ingeniería, director del diario Clarín y consejero del presidente Salvador Allende.

Cabe destacar la figura de Mauricio Amster Cats, sefardita, que renovó la industria editorial chilena. Amster diseñó y dibujó las portadas y diagramó y compuso los textos de miles de libros y revistas de las más importantes editoriales chilenas entre los años 1940 y 1980. En 1953, junto al escritor Ernesto Montenegro fundó la Escuela de Periodismo, Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad de Chile, en la que asumió la cátedra de Técnica Gráfica. Por esa misma época, Amster comenzó una de sus relaciones laborales más fructíferas, al convertirse en el diseñador y tipógrafo de la Editorial Universitaria, institución a la que siguió ligado hasta su muerte en febrero de 1980.

Fuente: Memoria Chilena / Revista del Arte / El Mercurio de Valparaíso / Deutsche Welle/ La Tercera

Texto: Fundación para la Preservación de la Memoria del Judaísmo Chileno

Fotografía: Memoria Chilena